Unas manos para esculpir

 La guitarra se convertía en la estrella de la segunda jornada del Festival Flamenco on Fire. Tras la actuación de Remedios Amaya en el balcón del Ayuntamiento de Pamplona, el instrumento flamenco por antonomasia tomaba protagonismo con la conferencia de José Manuel Gamboa sobre el homenajeado en esta séptima edición del festival “Sabicas, el maestro que nos formó a distancia”. A las 7 de la tarde, tendría lugar en el Palacio Condestable, la actuación en la que Antonia Jiménez, tras años acompañando a grandes del cante y el baile, presentaba sus composiciones ante el público pamplonica.

La guitarrista gaditana ofreció un sutil y personal recital en el que brindó estilos que fueron desde el Levante hasta la baja Andalucía, entre los que destacaron tangos, peteneras y el romance bautizado por la artista como “Dos hermanas”. Para concluir la jornada, el esperado concierto de Vicente Amigo en el Baluarte

Segundo día de Flamenco on Fire. Marchábamos de Tudela a Pamplona, sin embargo, hicimos un alto en el camino, o más bien un desvío en el itinerario, para seguir descubriendo Navarra. Decidimos ir un poco más allá para acudir a la llamada de la inspiración. Nos encaminamos hacia Alzuza, donde queríamos visitar el Museo Oteiza. Ese maravilloso edificio del arquitecto Sáenz de Oiza que recoge la obra del genial escultor Jorge Oteiza. En ese museo, construido como un templo profano para albergar la obra del autor, pudimos apreciar la belleza del paisaje enmarcado, como si de obras pictóricas se tratase, un paisaje que se convierte en arte, visto desde el interior, pero que a su vez ilumina el espacio para hacer sublimes las obras del escultor.

Algo parecido ocurriría la noche del jueves en el Baluarte de Pamplona, en esa caja que se abría 5 meses y 19 días después para acoger al flamenco. Un auditorio que se convertía en templo para que las notas de la guitarra de Vicente Amigo se convirtiesen en luz, palabra y verdad. Para que la música del maestro actual de la guitarra abrazase al público sustituyendo aquellos abrazos, según sus propias palabras, que antes eran tan frecuentes y comunes.

Memoria de los sentidos era el espectáculo que presentaba Amigo en Pamplona, recogiendo el título de aquel álbum que el cordobés publicase en 2018 con el que regresaba a sus esencias más flamencas. Solo sobre el escenario, Vicente comenzaba su recital por soleá, limpio, preciso, sutil como lo es siempre, alardeando de técnica y buen gusto para cautivar al público. Mientras se desarrollaba la interpretación, sigilosos pisaban las tablas del Baluarte Rafael de Utrera y Paquito González para poner compás por bulerías. La suerte estaba echada.

El público ya estaba a sus pies. Las obras de Vicente han penetrado en la memoria colectiva a lo largo de los años y por ello ha conseguido coleccionar una legión de fervientes y apasionados seguidores, y con razón… Poco a poco la guitarra flamenca se ha ido quedando sin sus máximos referentes y el cordobés se ha convertido en el abanderado por méritos propios.

La escena se completaba con el resto de músicos. Además de Rafael de Utrera, Paquito González tomaba aposento a la “derecha del Padre”. Mucho decía este gesto, Vicente lo quiere a su vera, donde puede mirarlo y disfrutarlo. Ambos se compenetran a la perfección y de sus miradas y gestos se desprende una admiración mutua, no es para menos. Más allá, el bajo del escocés Ewin Vernal y a la izquierda del protagonista, la guitarra de Añil Fernández. Todos sobre el escenario comenzaban a interpretar los Tangos del Arco Bajo que recordamos haber escuchado en aquel maravilloso disco que se publicaría en 2005 y que llevaba por título Un momento en el sonido. Para continuar, ese genial Autorretrato de Vicente, recogido en el disco Paseo de Gracia. Ese autorretrato en el que Maestro Enrique Morente ponía su voz y, que en esta ocasión, sus preciosos versos eran cantados por Rafael de UtreraÉrase una vez un barco de papel perdío / Érase una vez un hombre de cartón herío, / Érase una vez una playa sin mar, sin niños / Érase una vez que me miré al espejo hundío”. Mientras bajo el cante, Vicente improvisaba y jugueteaba con las notas para sorprender y para seguir siendo admirado. Las manos del sevillano navegaban por el mástil de su guitarra para crear las armonías perfectas.

Después, bulerías, con todo ese compás y ritmo que desprende la música de Vicente y su grupo. Un engranaje perfecto que veía su continuación con la interpretación de Amoralí que daba sentido a la memoria. Y sentido tenía cantarle a un torero en tierra senferminera interpretando Las Cuatro Lunas con las que el guitarrista de Guadalcanal rinde tributo a Alejandro TalavanteEl dolor hecho poesía / Las cuatro lunas llorando / La muleta por delante” Y es que la faena de Vicente en el Baluarte era torera, despacito y a compás…”

Se marchaban entonces los músicos del escenario, en él solo quedaban los dos cómplices, Vicente y Paquito González, para regalarnos unas seguiriyas profundas y llenas de esencia y riqueza que encandilaban al respetable. Tras ellas regresaba a las tablas el resto de la cuadrilla para continuar por bulerías que jugueteaban con conocidas melodías del maestro y terminaban con un nuevo tributo taurino con Azules y Corinto, “Si alguien necesita un buen amigo / yo con él me junto y él conmigo / Si alguien necesita una palabra / que calme su alma”. En el cielo nos tenía Vicente, pero el sevillano sigue teniendo los pies en la tierra. Y de su disco Tierra, publicado en 2013, se acordaba con la sonanta de su Bolero a los Padres, dulce y sutil.

 

Iba llegando el final de concierto, eso sí, con toda la fuerza que desprende Guadamecí, esa inspiradora obra con la que Vicente sacó los “oles” del público. Ovación cerrada de los asistentes que reconocía el talento y entrega de los músicos. Vicente Amigo demostraba su sencillez tras la ovación, confesando a los asistentes “Bueno, no nos vamos a ir después de estos aplausos ¿para qué vamos a hacer el teatrillo e irnos para volver para que cuente como bis”, así que se quedaron en el escenario para ofrecernos de manera ligada dos maravillas de la música, dos obras que en el auditorio del Baluarte sonaron de una manera única y esplendorosa: el Requiem, en homenaje a Paco de Lucía, donde cabe destacar la maravillosa introducción con la que Vicente se regodeó encandilando al público y el cante de Rafael de Utrera que alcanzó su máxima expresión en ese momento; y Roma, esa genial composición que se convertía en la despedida perfecta, y en el hasta luego necesario, a esa hora y cincuenta minutos en la que el maestro de la guitarra nos permitió disfrutar de su arte.

Sin duda Vicente Amigo ya es un referente, sus composiciones son parte de la historia del flamenco y sus manos saben convertir esas obras en arte, como las manos de Oteiza lo hacían con la piedra. Quién sabe si las manos de Vicente podrían haber servido de inspiración para la obra del escultor. Posiblemente lo mereciesen.

 

Redacción y fotografía: Onésimo Samuel Hernández Gómez.

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