Las lágrimas de San Miguel (Poveda)

 La luna llena que nos deslumbró hace unos días ha ido menguando y perdiendo brío de forma paulatina para dejar el protagonismo a las estrellas. Esas que lucen orgullosas en el cielo y que en unas semanas serán fugaces con las famosas Lágrimas de San Lorenzo. La Unión, celosa de la bóveda celeste, se adelantó a este fenómeno de la naturaleza invocando a uno de sus hijos flamencos predilectos, Miguel Poveda, haciendo brotar de las tablas de la Maquinista de Levante Las lágrimas de San Miguel. De La Unión al cielo.

El cantaor catalán volvió al Festival Internacional del Cante de las Minas por la puerta grande ofreciendo un recital de casi tres horas de duración en el que voló libre con la única atadura de la poesía que estuvo presente durante toda la noche. Los primeros versos los declamó la presentadora del evento, la actriz unionense Verónica Bermúdez evocando pasajes de la vida de Poveda. Arrancó el concierto Miguel con la Oda a Walt Whitman de Federico, su García Lorca que lo tiene Enlorquecido y al que cantó preñado de emoción:

“Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
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Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría”.

Continuó por pregones, el del uvero, que Manolo Caracol perpetuase en numerosas grabaciones y que Miguel Poveda remató gritando a la libertad. Templado el metal de su garganta siguió por soleá por bulerías a la que se unió el baile de Choro Molina con letras de este calibre de los hermanos Álvarez Quintero: “Esta noche mando yo / mañana que mande quien quiera / esta noche he de poner / por las esquinas banderas“. Y ya la estaba liando un Poveda agradecido con La Unión, su público y el llenazo en la Maquinista.

Continuó con más poesía, la de Manuel Benítez Carrasco que años atrás arrebatara Bambino

“Quítame el beso de anoche
déjame solo en mi calle
y olvídate de mi nombre.

Déjame, solo, en mi calle,
con mi farol y mi arena,
déjame, solo, en mi calle,
con mi mentira y mi pena”.

Más Lorca con su carta a Regino Sáinz de la Maza y el toque de Daniel Casares pausando la noche y su cante: “Había mil Federicos / tendidos para siempre en el desván del tiempo / y en el almacén del porvenir / contemplé otros mil Federicos Garcías Lorcas muy planchaditos / esperando que los llenasen de gas para volar sin dirección“. Poesía en la sonanta de Casares quien dejó paso a otro rapsoda del instrumento de las seis cuerdas: Diego del Morao. Juntos nos llevaron por cuplé por bulerías. ¡Ey! y Voy a perder la cabeza por tu amor se derramaron por el firmamento unionense en la vorágine povedista de emociones. El hijo de Moraito nos hipnotizó por bulerías con el compás y jaleos de Carlos Grilo y El Londro con una nueva exhibición de baile del enorme Choro Molina.

Tras este inicio volcánico se sentó Miguel Poveda en la silla de cantaor. Con el toque de Daniel Casares nos llevaron por malagueña, mirando al cielo, a su estrella y recordando a su padre fallecido hace unos años. Malagueña que remató por abandolaos. La estrella de Miguel y con ellas las primeras lágrimas que no se vieron pero seguro que rondaron su alma. Meció el cante por guajira, ida y vuelta que también cantó El Londro con su voz rica en  matices: “Es mi mulata un terrón / es mi mulata un terrón de azúcar canela hecho / que arrimándose al pecho / quita el mal de corazón“. Bulerías al golpe con Don Diego del Morao y el equipazo Poveda para rematarlas por Jerez dándole la vuelta al espacio escénico unionense: “¡Qué borrachera, qué borrachera!“.

Detuvo el tiempo por seguiriyas. Ralentizó y rajó Miguel su cante por seguiriyas que por desgracia fueron menos seguiriyas por los cerca de ¿setenta metros? de distancia que separa la oscura ubicación de prensa del escenario y el continuo trasiego de gentes que van y vienen frente a los plumillas. ¡Qué cuesta concentrarse, jomío! De Jerez a Sevilla por tangos con un largo e intenso paseo por la Alameda y Triana y acordándose de Pastora Pavón, La Niña de los Peines

Triana, Triana qué bonita está Triana

cuando le ponen al puente las banderitas gitanas.

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Si quieres que te quiera dame doblones

son monedas que alegran los corazones“.

El momento de la noche y las Lágrimas de San Miguel llegaron por Levante. Un generoso Miguel Poveda invitó al escenario a la gran dama de los cantes mineros: Doña Encarnación Fernández, con el toque mágico de su hijo, Antonio Muñoz Fernández. Emoción y lágrimas al alimón. Gloria. Decía su cante Encarna por mineras y respondía Miguel recordando a Pencho Cros. Murciana de Encarna, cartagenera de Poveda. El remate lo brindó la hija del añorado patriarca de los Fernández, Don Antonio Fernández, por levantica: “Se han levantao / mare que fataliá / las minas se han levantao / por cuestiones del jornal / la tropa está cargando / a bayoneta calá“. Momento histórico para el cante de La Unión y para un emocionadísimo Miguel Poveda.

Del momentazo intimista con Encarna a la explosión de júbilo por alegrías. Emergió El Choro a las tablas y la Maquinista de Levante explotó. Enorme la comunión de instrumentos acompasaos, de miradas, complicidad y flamencura. Agotó Poveda el tope de tiempo pandémico bambineando, chicheando y dejándose el alma hasta las mismas dos de la madrugada. Ovación cerrada y Miguel ya es santo en La Unión.

Redacción: Gabriel Maldonado Rufete

Fotografía: José Miguel Cerezo Sáez

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