Comenzó el "verano flamenco" en San Pedro del Pinatar

Con algo de retraso (al igual que esta crónica) respecto de otros años comenzó el verano flamenco en San Pedro del Pinatar y lo hizo por todo lo alto. Y se agradece oiga, que el invierno ha sido largo y lánguido. El XXIII Festival de Flamenco de San Pedro del Pinatar descorcha el frasco de las esencias flamencas en la región y lo presenciamos desde muy cerca, lo que al contrario de lo que suele pasar no restó, sino que sumó y mucho.

Es un acierto que figuras incuestionables del panorama con largas trayectorias profesionales, sigan teniendo hueco en las programaciones y tengan las suficientes noches cada temporada para mantener viva la llama de lo que son: incuestionables. ¡Olé! Arrancó la noche la voz madura pero acompasada como nunca de Lole Montoya, cuidada y arropada por la guitarra onubense de Manuel de la Luz y con la dulce y armoniosa percusión de Paco Vega. Volvía a nuestra región con su repertorio habitual, como deseábamos verla después de su aparición en Murcia y en La Unión, en su registro, en su esencia; nana, alegrías , tangos bulerías… suavecito, confiada y tranquila. Disfrutó, se reencontró y por momentos hasta sonrió. Fue feliz y nos hizo felices sobre las tablas del Parque de la Aduana… que hasta las palmeras se doblaron para escuchar su voz.

Continuó la noche con nuestra debilidad granadina, hija de la cueva y sin lugar a dudas reina gitana del Sacromonte, Alba Heredia. Quebraron el silencio las gargantas de Joni Cortes y Juan Angel Tirado por soleá , mientras la heredera de los Maya calentaba y rezaba a partes iguales, concentrada, taconeaba flamenca. Salió y sorprendió, su evolución a rolado la raza por el sentimiento, el arrebato por el temple, fuerza por precisión; acercándose a la mixtura que le asegura largo recorrido en la vereda del baile. Continuó por burlerías remarcadas por Rafaela Heredia a las palmas y Luis Mariano a la guitarra, recordando a Mario Maya y su silla de anea, para darle lustre a los pies y manos, que no a los zapatos. Nos quedamos con ganas de más esperando sea muy pronto.

Descanso, refrigerio y retomamos con José Domínguez Muñoz “El Cabrero“ emparejado con el sevillano Manuel Herrera y nuevamente sorprendidos. Se encontró cómodo el aznalcollero, y pareciese que no quería decir adiós a la legión de seguidores reunidos. Soleá, seguiriyas, malagueña, abandolaos, serranas, fandangos infinitos, bulerías monocordes para terminar cantando a la “Luna”. Largo espectáculo, tanto como su dilatada carrera… pero aún nos quedaba el broche final.

Remató la velada Antonio Vargas “Potito”, impaciente por salir y dedicando la actuación a la gitana amor de su vida, su esposa allí presente. Soleá , alegrías, tangos y bulerías, con el soniquete magistral del granadino Manuel Fernández resonaron a metal en la noche mediterránea, jaleadas desde el público en cada una de las entradas. La brisa de levante nos trajo ecos de otros tiempos, recuerdos de Ramón y de José encarnados en en la voz de Potito que pese a la brevedad de su actuación, despedimos con una sonrisa en la cara y la llamada del ron en la boca.

Redacción y fotografía: José Miguel Cerezo Sáez

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