Madrid es povedista

 Madrid se vestirá de la fuerza y la elegancia del cante de Miguel Poveda de los próximos 12 al 17 de enero de este nuevo año que en unos días tendremos entre nosotros. Tras triunfar en todas las plazas por las que ya ha derramado su arte; Málaga, Sevilla o Jerez, el cantaor catalán se da el tremendo lujo de ofrecer seis noches con su Poemas y sonetos para la libertad en el Teatro Compac Gran Vía de la capital de España.

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Un lujo al alcance de muy pocos artistas, un lujo el nuestro de poder disfrutar de la poesía de Lorca o Machado, de Gil de Biedma o Luis Eduardo Aute en esa voz flamenca y sentía. Un lujo del que disfrutó nuestra compañera Laura Carmona hace unos meses en el Auditorio El Batel de Cartagena y que le provocaron estas sensaciones con las que les dejamos…

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«Anoche escuché a mi madre y mi abuela con su griterío mañanero desde la cocina. Olía a bacalao y ajos tiernos, a lechuga y tomates recién cortados, a perejil, a sal y a fuego lento. Sonaba a rutina y a pasar del tiempo, y a vida llena. Anoche entraban por la ventana miles de rayos de sol acariciándonos la cara a las tres. A mí, de cuclillas bajo la mesa dónde cortaban las cebollas, discutían y me cantaban estribillos, y a ellas en las manos desenfrenadas y laboriosas, las manos de una madre con su sagrado olor a ajo«.

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«La noche del sábado, en el Auditorio El Batel de Cartagena, a orillas del mar y rodeada de gente, no dejó de sonar la música de mi vida. Y la de tantos. Y el sueño fue sobre el tiempo, flotando como un velero, que escribía Federico García Lorca. Lo decía el Lorca eterno, el que nos llenó los cuadernos de postguerra y los libros de historia. El que pintó de verde el viento, Verde que te quiero verde…y lo canta Poveda. Con el respeto que se guarda a los viejos, a los sabios y a las raíces. Y con la grandeza de los tocan el alma, de puntillas y a golpe de palillos, de tablas y de palmas. A latidos, a ráfagas y a portazos. Con rabia, con jaleos y con caricias…con Sonetos y Poemas. Dejándose la vida en cada verso, rozando el fuego y volcando el cielo».

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«Con la radio encendida durante más de dos horas dejando que sonaran tangos, coplas, malagueñas y soleás, y el auditorio a reventar. Con el olor a salitre del puerto y la ventana abierta para que corriera el aire. El aire y los sueños… y los recuerdos. Para que me recorriera un escalofrío el cuerpo en cada golpe y en cada acorde y volviera a ponerme de cuclillas debajo de la mesa con las nanas de mi abuela y de mi madre, y las cebollas de Miguel Hernández«. 

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