La radio de mi madre

Anoche escuché a mi madre y mi abuela con su griterío mañanero desde la cocina. Olía a bacalao y ajos tiernos, a lechuga y tomates recién cortados, a perejil, a sal y a fuego lento. Sonaba a rutina y a pasar del tiempo, y a vida llena.

 Pá mí no hay más soles, luceros, ni luna.

No hay más que unos ojos que mi vida son.

Ojos verdes, verdes como la albahaca.

Verdes como el trigo verde y el verde, verde limón…

Anoche entraban por la ventana miles de rayos de sol acariciándonos la cara a las tres. A mí, de cuclillas bajo la mesa dónde cortaban las cebollas, discutían y me cantaban estribillos, y a ellas en las manos desenfrenadas y laboriosas, las manos de una madre con su sagrado olor a ajo.

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En el quicio, la radio, esa que nunca callaba, la que mediaba entre ambas y ponía orden. La que se apagaba de madrugada y se encendía al alba, la que sonaba antes y después de comer, a la hora de la misa, a la hora del entierro y en las buenas noches. Preñada de copla, de sabiduría y de verdad. Con su robín, su color verde oliva y su antena rota en la punta. Con su Lola Flores, su Jurado, su Concha Piquer, su Camarón, sus novelas de la siesta, sus voces de ultratumba, su Juanito Valderrama, y sus historias, sus leyendas…con el devenir de los tiempos y el pasar de ellos. Con su soniquete de fondo y sus sentencias. Con mi vida a su compás. Y la de tantos…

 

La noche del sábado, en el Auditorio El Batel de Cartagena, a orillas del mar y rodeada de gente, no dejó de sonar la música de mi vida. Y la de tantos. Y el sueño fue sobre el tiempo, flotando como un velero, que escribía Federico García Lorca:

 

“El sueño va sobre el tiempo

flotando como un velero.

Nadie puede abrir semillas 

en el corazón del sueño.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!

¡Qué témpanos de hielo azul levanta!”

 

Lo decía el Lorca eterno, el que nos llenó los cuadernos de postguerra y los libros de historia. El que pintó de verde el viento, Verde que te quiero verde…y lo canta Poveda. Con el respeto que se guarda a los viejos, a los sabios y a las raíces. Y con la grandeza de los tocan el alma, de puntillas y a golpe de palillos, de tablas y de palmas. A latidos, a ráfagas y a portazos. Con rabia, con jaleos y con caricias…con Sonetos y Poemas. Dejándose la vida en cada verso, rozando el fuego y volcando el cielo:

 

“Donde pongo la vida pongo el fuego
de mi pasión volcada y sin salida.
Donde tengo el amor, tengo la herida.
Donde dejo la fe, me pongo en juego.”

 

Con los Sonetos y Poemas de los grandes de nuestra lengua y de nuestra tierra. Con Ángel González, García Lorca, Quevedo, Lope de Vega, Gil de Biedma o el mar de Rafael Alberti. Con el toque divino de Pedro Guerra y la insoportable canallesca de Sabina llorándole la muerte a Enrique Morente, el inmortal.

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Con la radio encendida durante más de dos horas dejando que sonaran tangos, coplas, malagueñas y soleás, y el auditorio a reventar. Con el olor a salitre del puerto y la ventana abierta para que corriera el aire. El aire y los sueños… y los recuerdos. Para que me recorriera un escalofrío el cuerpo en cada golpe y en cada acorde y volviera a ponerme de cuclillas debajo de la mesa con las nanas de mi abuela y de mi madre, y las cebollas de Miguel Hernández.

Volví a la escuela a recitar poesía, a leerla, a escribirla. Y a aprender a amarla. Volví a recorrer la huerta de mi niñez y el sonido de la hierba recién regada. Volvieron mis primeras primaveras con La lluvia de José Luis Borges, mojándonos por dentro y jurándonos que un cielo en un infierno cabe.

Volví al principio, a la partida, y recobré parte de lo que es mío, nuestro. De nuestra esencia y nuestra cultura, de lo que hace a nuestra España diferente o única, o las dos a un tiempo. Sentí pasión y libertad, y la gran verdad que eso esconde. Hubo tanta verdad anoche sobre esas tablas…

 

Cerré los ojos durante, al menos, una eternidad, mientras sonaban trompetas, violines y piano, palmas, voces y jaleos. Me sumergí en las palabras de amor de las teclas del piano y las cuerdas de la guitarra, escuchando lo que se decían las manos de Joan Albert Amargós y de Juan Gómez Chicuelo, al oído, susurrando en medio del silencio tímido y contenido de un auditorio en el que no habría cabido ni un alma más.

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Cerré los ojos para llenarme de vida. De la mía. La que había dejado por un tiempo cogiendo polvo. Me la devolvió el sonido de esa radio que se oía de fondo cada día en mi casa, el tarareo de mi abuela y su Bien pagá, sus Ojos verdes y su Y sin embargo, te quiero. Suyos, y de Poveda, y de cada uno de los que nos pusimos en pie para aplaudir a uno que se ha hecho grande devolviéndonos trocitos de vida, cantando poemas y rasgándonos el alma.

Miguel Poveda, aquel que arrasara con dieciséis años en el Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión, llenó el Auditorio El Batel de Cartagena el pasado 15 de agosto con su último trabajo, Sonetos y Poemas: Un paseo por los versos de quiénes escribieron nuestra historia y nos enseñaron a pensar, a luchar y a creer.

“Y si el sueño finge muros

en la llanura del tiempo,

el tiempo le hace creer

que nace en aquel momento.

 

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!

¡Qué témpanos de hielo azul levanta!”

 

Anoche, en pleno agosto y con la fresca, respirando el mediterráneo, el Señor Miguel Poveda volvió a hacerse grande haciéndonos a todos pequeños. Devolviéndonos recuerdos, sueños y… libertad.

 

Y el tiempo, nos hizo creer que nacía en aquel momento.

 

 

 

 

Redacción: Laura Carmona Hidalgo.

 

Fotografía: Auditorio El Batel.

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