La magia de Dorantes inunda el Castillo de San Andrés

Es David Peña Dorantes un músico enorme. Un músico que con su piano abarca todo el universo flamenco, ese universo que corre desbocado por sus venas, por su raza, por su casta. Porque cuando uno es hijo de Pedro Peña, nieto de María La Perrata, sobrino de El Lebrijano y está emparentado con Fernarda y Bernarda de Utrera solo puede salirle de dentro magia. Esa alquimia que unos pocos elegidos son capaces de provocar y que él, Dorantes exprime desde las teclas de su piano. Y uno, en su butaca solo puede emocionarse y dejarse ir, volar. Así es. Así fue, de nuevo, en Carboneras. Esa esquina azul y dorada de nuestro Mare Nostrum donde el flamenco corre, como por la sangre de Dorantes, el flamenco corre desbocado.

DORANTES_01_FOTO_PAKO MANZANO

Por guajira comenzó Dorantes su recital en la noche del pasado jueves 20 de agosto en el carbonero Castillo de San Andrés, regalándonos su particular Atardecer a los pies del sol mediterráneo. Ante el espejo fue la siguiente pieza que nos ofreció el de Lebrija en la que evoca el clasicismo y la tradición pianística para librarse posteriormente de ataduras con su bulería Sin muros ni candados jaleada por la percusión de Javier Ruibal que lo acompañó a lo largo de toda la noche. La danza de las sombras de su trabajo Sur fue su siguiente parada, por tanguillos. Vertiginosas sus manos y vertiginoso el tiempo que se nos escurría en esta magnífica noche al abrigo del mar.

DORANTES_04_FOTO_PAKO MANZANO

Y de esa mirada, de esa tensión escénica, de esa alquimia que atesora Dorantes brotó uno de los momentos más especiales de la noche. Orobroy, reflexión. Enorme su Orobroy, enorme David Dorantes quien alcanzó a la gloria flamenca con este trabajo y quien volvió a encoger a Carboneras.

Bus junelo a purí golí

e men arate sos guillabela

duquelando palal gres e berrochí,

prejenelo a Undebé sos bué

men orchí callí ta andiar diñelo

andoba suetí rujis pre alangarí.

Cuando escucho la vieja voz de mi sangre

que canta y llora recordando pasados siglos de horror,

siento a Dios que perfuma mi alma y en el mundo voy

sembrando rosas en vez de dolor.

Nos paseó por su particular Barrio Latino con aromas sureños, sabor a mar y con un ritmo trepidante, un ritmo que vaticinaba ya el final de una velada inolvidable a su lado. El recuerdo a su madre, a las benditas madres, nos lo trajo Dorantes con Batir de alas, melancólica y pausada, genial. Y nos dejó el pianista huérfanos de su magia tras finalizar su recital con Semblanzas de un río en la que se acuerda del Guadalquivir, el río de Andalucía. El Castillo de San Andrés despedía con una cerrada ovación a un grande, un Dorantes que en Carboneras hizo magia.

DORANTES_03_FOTO_PAKO MANZANO

Fotografía: Pako Manzano

, ,
error: © Todas las imágenes y contenidos de la web son propiedad de alaireyacompas.es