La democratización del flamenco

Córdoba se llenó de arte el pasado sábado 16 de junio con la Noche Blanca del Flamenco 2018. Plazas y rincones de la ciudad acogieron trece recitales flamencos que llevaron, desde el anochecer hasta el alba, la magia al lugar donde nació: las calles. José Mercé, Rocío Márquez, Capullo de Jerez, Jesús Méndez o Daniel Casares, entre otros, caldearon, aún más, la ya de por si ardiente noche cordobesa. Nosotros no pudimos cortarnos en trocitos y estar en todos y cada uno de los recitales, como nos hubiera gustado, pero en los que estuvimos pasó lo que tenía que pasar: el río flamenco se desbordó por las calles de la ciudad andaluza y el flamenco se democratizó llegando hasta el mas humilde aficionado.

El sábado por la noche en Córdoba hice un ejercicio mental imaginando el pasado: antiguas corralas del barrio de Triana, cualquier plaza de los barrios de Santiago o San Miguel en Jerez, las cuevas del Sacromonte granadino o las tabernas de La Unión en los años dorados de la minería. En aquellos tiempos, el flamenco corría libre y rara vez entraba a teatros o lugares de postín (excepto a las fincas y casas de los señoritos). Era propiedad de la gente, que expresaba su pena o sus alegrías con el cante, en familia o entre amigos. Eso pasa de algún modo en la Noche Blanca del Flamenco. El flamenco vuelve al barrio, a sus calles, a lugares públicos y grandes figuras se tornan accesibles para gentes humildes y de cuya raíz nació el flamenco. Fui feliz viendo a familias enteras desbocarse al compás de un toque por tangos o jaleando a ese artista que escuchan cada día en casa y al que rara vez pueden acceder. Esa esencia, ese claro me llevo de Córdoba y su noche más flamenca.

Flamenco y clasicismo

La céntrica Plaza de las Tendillas se llenó para la apertura de la Noche Blanca´18 con el concierto que el guitarrista Daniel Casares ofreció junto a la Orquesta Sinfónica de Córdoba. El quejío de la guitarra flamenca del malagueño y la dulzura clásica de la orquesta cordobesa se alearon para ofrecer a la ciudad el Concierto de Aranjuez y La Luna de Alejandra. Comienzo prometedor, y cargado de elegancia, para una noche en la que el mapa y nuestras piernas serían nuestros mejores aliados.

Puro Jerez

De las Tendillas a la plaza de San Agustín. De lo clásico a lo primitivo, porque de ello, de la tradición hablamos ahora. Jesús Méndez y Miguel Flores “Capullo de Jerez” derrocharon flamenco con mayúsculas y sin aderezos. Jesús Méndez rompió, con su voz afillá y el eco jondo de su casta, el murmuro del público que llenó la plaza cordobesa. Tras el primer ayeo ya era dueño absoluto de la noche. Alegrías, tangos, fandangos o bulerías su propuesta, esa que volvió loca a Córdoba junto al toque de Diego del Morao y el compás de sus palmeros. Sin duda el presente y el futuro de cante más ortodoxo.

Y de la locura al éxtasis. Es Capullo de Jerez el último Mohicano del flamenco. Es el jerezano anarquía, es libertad y es compás. Soleá, fandangos, tangos, rumba y bulería, esa bulería eterna con la que, junto al toque de Manuel Jero, enajenó a sus seguidores. La Plaza de San Agustín se convirtió en una hoguera donde ardían las penas y florecía la alegría. Una sola palabra del Capu bastó para sanarnos. Y dejándonos llevar por el río flamenco cordobés llegamos a la plaza de la Corredera

El mito

José Mercé ya es un mito. Con apenas trece años, en 1968, se desplazó a Madrid a trabajar en el tablao Torres Bermejas, época en la que grabó su primer disco Bandera de Andalucía, el resto es historia viva de nuestro flamenco. Cincuenta años después de aquellos días, todo sigue igual para José. La plaza de la Corredera no hizo mas que confirmarlo. ¿Unas cuatro mil personas? ¿Tres mil? ¡Qué mas da! El caso es que Mercé llenó una plaza de ciento trece metros de largo y cincuenta y cinco de ancho de personas, pero sobre todo la llenó de arte y honestidad al cante. Ofreció un recital clásico (al que llegamos bien avanzado) y que remató con Al alba y Aire. Impresionante fue como el público cordobés coreó el estribillo del himno escrito por Aute: “Al alba, al albaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”. Mercé fue feliz.

Flamenco canalla

La pequeña plaza del Potro se hizo enorme y el flamenco más canalla recorrió cada uno de sus espacios. Otro grande, el gurú del compás, Diego Carrasco, hizo de las suyas en las tablas cordobesas para gozo de su legión de seguidores. Lleno de energía y acompañado de juventud y soniquete criado en sus entrañas celebró sus cincuenta años al pie del cañón y cumplió eso de que No marrecojo. Rondaban ya las cinco de la mañana y nuestra gasolina iba agotándose.

Plaza melancolía

Alba Molina fue la encargada de cerrar esta noche eterna. La plaza del Puente fue testigo de Caminando con Manuel, espectáculo íntimo de la de sevillana en el que, acompañada de Joselito Acedo, hace un repaso por los himnos creados por su padre, Manuel Molina, y que siguen removiendo corazones. Despacito, con pausa y sentimiento cantó Alba. Y así acabó la Noche Blanca del Flamenco 2018, noche en la que el flamenco volvió a la calle y que culminó melancólica, como si quisiéramos que ya estuviera aquí la NBF´19.

 

Redacción y fotografía: Gabriel Maldonado.