Flamenco desde los ovarios

 Rocío Molina sobrecoge. Caída del cielo turba. Es la obra de la bailaora malagueña una oda a la inquietud, al no respirar. Es, además, un canto a la osadía en el que demuestra tener un par de cojones, perdón, un par de ovarios. Mujer, belleza, desnudo, respeto, ruptura, libertad, pureza, opresión, lucha interior, liberación…todo eso es también Caída del cielo que estremeció a la hermosa minoría que el pasado viernes acudió a su cita en el Teatro Circo de Murcia con este flamenco desde los ovarios.

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Del surrealismo lorquiano, de su verso libre y desde esa lucha entre el ser humano y la naturaleza parte la obra de la bailaora malagueña. Rompen los acordes de los músicos, recordando al maestro Morente por el verso de Lorca, con Vuelta de paseo, el silencio del auditorio murciano que a continuación llena Rocío Molina de puro blanco, como desperezándose del sueño. La  tensión se palpa. El no saber, la psicodelia y la rabia al baile, el movimiento lento, desesperado. Todo ello fluye enérgico, iracundo, sin saber a donde nos dirigimos. Se desnuda Rocío, en cuerpo y alma. Comienza un nuevo lid.

 Asesinado por el cielo.
Entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.

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Llegó el cante a palo seco, en la voz de José Ángel Carmona recordando a más maestros del género, porque de ahí nace Caída del cielo. De las entrañas, de la tradición. Del baile profundo por seguiriyas llegamos, por garrotín, a confines lejanos, menos ortodoxos pero con el mismo aire y energía. A tangos sonó el pandero cuadrado que hicieron sonar José Manuel Ramos y Pablo Jones para una Rocío en plena lucha interior.

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Se arrastraba, ida de sí misma, enfrentada a sus adentros, a los prejuicios que esta maldita sociedad impone y a los que es complejo derribar. Frente a ellos, frente a los límites, a la tradición se  emplazaba orgullosa, potente…haciendo del baile una batalla vital. Brutal la aleación de su tacón lleno de conocimiento con las palmas y pitos de sus compañeros. ¡Más gloria y más sobrecogimiento!

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Sonó a continuación otro gigante flamenco: Camarón de la Isla. La Leyenda del tiempo iba y venía, erizándonos y arrancándonos la bilis. Deseábamos más. Tras la lucha contra el patriarcado, emergió enorme, cual Saturno devorando a sus hijos, una Rocío embutida en plástico y sangrando. De sus pies goteaba su flujo inerte, vacío de vida. Ese que desde sus adentros mostró orgullosa. Esa sangre madura de la nacemos todos y que deberíamos adorar cual Santo Grial.

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Reivindicación con mayúsculas y expectación en las butacas del teatro murciano. ¡Dónde nos va a llevar esta mujer! De nuevo se arrastraba y sufría alienada Rocío Molina con sus movimientos salvajes, primitivos. De la lucha interna a la pelea, y de la reivindicación social de la mujer al orgullo de  esa feminidad de la que se hace dueña.

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Pies limpios, purificados, cuidadosamente lavados por un hombre para volver a llenar el Teatro Circo de potencia y flamencura por soleá por bulerías. Se vació Rocío jugando con el compás de sus compañeros y con su propia fuerza interior con la que retaba al respetable, a la sociedad, a la rancia heterodoxia a través de su mirada y sus movimientos firmes y poderosos.

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Venció. Ganó la vida, la devoró. Se rodeó de flores y uvas simbolizando la plenitud, la fertilidad y la abundancia por bulerías a las que sus compañeros dotaron de electricidad. Guitarra y bajo eléctrico a cargo de Eduardo Trasierra y José Ángel Carmona. Libre cerró la velada. Por rumbas y con sus músicos a su vera. Nosotros vacíos y elevados a su cielo…

Redacción: Gabriel Maldonado.

Fotografía: José Miguel Cerezo Sáez.